martes, noviembre 27, 2007

Una tarde mágica

Visitó el estudio una tarde, estuvo viendo los cuadros uno a uno, sentada frente a la ventana. Hablamos y hablamos mientras la habitación se iba quedando en penumbra. Al marchar se llevó también algunas de mis fotos, textos, para poder mirarlos en su casa con calma, sin prisa de devolvérmelos.
A los pocos días me llamó y pude sentir sólo con la vibración de su voz, que ella ya formaba parte del infinito; me dijo que a raíz de ver las fotos, las pinturas, de leer los textos, había sentido la necesidad de escribir, de dejar que su piel también hablara. Yo sentí entonces que esa era la mejor gratificación que podía recibir: haber sido el detonante que hiciese explotar la gran carga emocional, que latente algun tiempo, ahora golpeaba su pecho necesitando salir.


Son sus textos que me conmueven, que erizan mi piel, cuya complicidad me sonroja y que a continuación transcribo,
el cuadro de Rousseau que siempre estuvo en su cabeza,
es ELLA, la que ahora camina también por esa gran cinta de Moebius que no tiene principio ni fin, solo rodar y rodar incansablemente movida por el látido de aquellos corazones, que solo desde la autenticidad saben hablar.


Hay una isla que lleva mi nombre.
Mi nombre en la saliva espumosa que araña sus playas.
Mi nombre en el viento que lame y transforma sus dunas.
Mi nombre en el eco de otros nombres de otros hombres,
de otros tiempos.
Soy el volcán de la isla que lleva mi nombre.
Cenizas y lava muerta.
Dentro, muy dentro, donde ya sólo la memoria cuenta
ruge la vida en el volcán.
Vida de horas encendidas,
rojo incandescente y líquido,
líquido de magma glorioso que se derrama, a borbotones,
con el lejano recuerdo de una tierra fertilizada por
roces de manos sabias
y de labios, de sabores de labios encendidos.
Rojo incandescente y líquido y líquido.
Soy el albatros que la sobrevuela.
La escudriña. La otea.
Por si acaso. Por si todavía, por si aún la posibilidad
de un todavía.
...Todavía, quiero pensar, borrando espesas telas de araña,
que soy la isla que lleva mi nombre, allí donde los bejucos verdes de fluor y de savia nueva y fresca se mezclaban con las bayas carnales, rojas y abiertas y cantaban mi nombre, glotones,
mi nombre de magma sabroso y frutas maduras.
Cuando todo era aun posible.
Hay un rincón en la isla que lleva mi nombre y yo pinté para ese rincón un fondo de cielo azul cobalto, de luna grávida y estrellas de plata. Y un león errante y solo que vela el silencio de los párpados cerrados
y un lecho de arena ocre y fina,
dulce como el roce de unos dedos en mi vientre,
uterino y cálido como el líquido amniótico de la vida,
placentero, mullido y reposado como el reloj que ha cesado en su tic-tac de las horas.
Y en ese lecho soy yo la figura yacente sobre almohadas de plumas blancas
y oigo crecer la hierba y siento la reverberación de la espuma,
y amo el volcán sin ceniza,
y sueño sueños de bejucos y bayas encarnadas,
y vuelo como el albatros
y el entonces y el todavía
y la memoria y los ecos ya no son palabras desligadas.
Y ahí siento la vida. Que palpita. Que late. Que mana, generosa.
Y esá, la que yo soy
la que fui y la que seré
vive esa vida. Yo vivo. Yo vivo mientras duermo
Mientras duermo vivo.
Vivo mientras sueño.
A Infinito Rojo

Por una tarde y muchas palabras,
por unas cervezas y un dossier de fotos bellísimas.

Noviembre 2007